A vida y a quemado
Esta mañana he estado de visita en un instituto, a la hora del recreo. Golpetazo al encontrarme de frente con el barullo de los alumnos. Vibraciones eléctricas. Con la amiga con la que había quedado, profesora, no he podido cruzar dos frases seguidas, porque a cada poco tenía requerimientos: alumnos y alumnas que llegaban, preguntaban o decían algo, se iban; luego seguían por allí, volvían a aparecer. De pronto, un olor a quemado: habían prendido una papelera. Por lo visto el otro día lo hicieron con otra y es la moda, a la que no daban importancia. La apagamos sin esfuerzo. Ha sido una inmersión en la realidad. ¡Pero! El efecto no ha sido deprimente, sino revitalizante: al menos allí no había nada mortecino, corría (¡y quemaba!) la vida.
