5.7.11

El bolero de Borges

Se habla de la frialdad de Borges y uno se pregunta si los lectores (¡los críticos!) no tienen sensibilidad para captar la calidez. Pocos autores hay más cálidos que Borges, más hospitalarios. Borges cumple ese primer requisito de la hospitalidad de un escritor que consiste en escribir buenas páginas; pero es que además esas páginas son afectuosas. Que su materia sea habitualmente la inteligencia sólo hace más admirable el logro: la inteligencia de Borges nunca está desligada del existir, sino incrustada en él; es una inteligencia, en el sentido noble (no en el profesoral), filosófica. Tampoco hay autor menos libresco que Borges. Su truco no está en apartarse de los libros, sino en tratarlos vitalmente. Los libros son acontecimientos, cosas que le pasan: experiencias. Esto es Borges. Y en algunas ocasiones, incluso, la calidez se extrema e incurre en patetismo. El anciano Borges lo sabía y bromeaba. En Fervor de Buenos Aires, que sigo releyendo poco a poco, hay un poema que es un bolero genuino:

Ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.