Paraíso
El jueves recibí de María José Rico su poemario Mi vida que no entiendo, editado por Renacimiento. Hacía frío y sol. Metí el librito en el bolsillo del abrigo y me fui al paseo marítimo. Allí, sentado en un banco, con el mar enfrente, lo leí. ¡Gratas brasas para el invierno! De entre todos los poemas, serenos y profundos, perceptivos, exactos, me gustaron especialmente dos: "Sylvia", sobre el suicidio de Sylvia Plath, y "Útero", que habla de la gestación. Entre ambos extremos del ciclo de la vida se tiende un hilo común: la muerte es presentada en el primero como un adormecimiento (provocado por el olor del gas, "dulce como la miel"), como un abandonarse ("Yo me dejo llevar, cierro los ojos./ Ahora todo es posible:/ la armonía, la luz./ Me hundo en la espiral/ que me lleva y me arrastra") que es como un regreso al útero materno. Y este es, entero, el poema "Útero":
¿Y qué me importa si soy como una nuez?
Mi grandeza reside en otro lado.
Dicen que soy un músculo, un elástico
de membranas mucosas. Sin embargo,
yo tengo el privilegio de albergar
el engranaje oculto y los secretos
que hay en la gestación de cada vida.
Dentro de mí no hay pena o sufrimiento,
tampoco humillaciones ni miserias.
En mi seno no existe la desdicha,
ni hay temor a perder a un ser querido,
y no sabe que no verá la luz
la niña que, al nacer, estará ciega.
Puedo decir, sin miedo a equivocarme,
que yo soy comparable al paraíso.
El título del libro, por cierto, procede de esta estrofa de Borges: "Pasan Cartago y Roma, yo, tú, él,/ mi vida que no entiendo, esta agonía/ de ser enigma, azar, criptografía/ y toda la discordia de Babel".
