Espírito Santo, amén
De pronto me emociona pensar en una ciudad a la que no creo que vuelva: Vitória, capital del estado brasileño de Espírito Santo. Sólo la visitamos porque Nádia estudió allí el bachillerato y necesitaba recoger un certificado en su antiguo instituto. Yo quería conocer, ante todo, Río de Janeiro, y Nádia, además de a Vitória, debía ir a Belo Horizonte a ver a su familia. De manera que planeamos el viaje así: un día en Río, tres en Belo Horizonte, otros tres en Vitória y regreso a Río, donde completaríamos las tres semanas del viaje. Vitória era sólo un lugar intermedio entre Belo Horizonte y Río. Los días de Vitória fueron días de recuerdo de Belo Horizonte y de espera de Río. No le presté demasiada atención y por eso me emociona: porque me acogió suavemente, con lo mejor que tenía y sin pedirme más. Y me emociona ahora que fuese tan amable y que, por no hacerme daño, ni siquiera me hiriese con la nostalgia. Río siempre la echo de menos. Vitória no. Y eso es lo que me emociona en este instante. Aceptó ser un lugar de paso, y se calló después. Ha permanecido todo este tiempo callada. Reconozco su elegancia de repente, y la admiro. Nos alojamos en un hotel de la playa de Camburi. Paseamos por la ciudad. Vimos el palacio Anchieta y el parque Moscoso. Nos pilló un ola de calor. Nos refugiamos en un botequim a beber caldo de cana y a comer. El puerto ("o cais do porto") me recordó mucho al de Málaga. Una noche fuimos en autobús al barrio de Laranjeiras, donde estaba el instituto de Nádia. Otro día, en que Nádia fue a ver a una amiga a Vila Velha, yo me quedé paseando por la avenida Dante Michelini, cruzándome con ciclistas. Pensé alquilar una bicicleta, pero al final no lo hice. En América no he dado ninguna pedalada. (En África tampoco.) Había pescadores en el puente. Niños en el parque. Por la noche íbamos a la playa a beber chopps de Brahma. Una de aquellas noches pusimos la tele de la habitación para ver los Oscar, por si se lo daban a Almodóvar (se lo dieron, pero nos quedamos dormidos antes). La tarde que llegamos a Vitória acababa de morir en accidente de tráfico el cabo Camata, que había sido gobernador del estado muchos años. El taxista decía: "Ele roubaba, porque todos roubam. Mas fazia coisas...". En Laranjeiras fuimos a la casa de otras amigas de Nádia y se sorprendieron de verla: pensaban que se había muerto, porque hacía mucho que Nádia no daba noticias. En una plaza vacía de aquel barrio Nádia me señaló la fuente donde se sentaba con sus amigas en la adolescencia. Mientras Nádia hacía la gestión en la secretaría del instituto yo miraba a los alumnos en el patio, y ellos me miraban (eran los del turno de noche). En la parada del autobús tomamos unos espetinhos de frango de un vendedor ambulante. Yo veía la palabra "capixaba" sin parar, hasta que me enteré de que ése es el gentilicio de Espírito Santo (por los indios de aquel territorio). En el Shopping Vitória me compré una mañana Noites Tropicais: el libro de Nelson Motta que empecé a leer luego en el hotel y que me hizo anhelar como nunca volver a Río, conocer bien Río. No recuerdo la salida de Vitória. Fui leyendo el libro durante todo el regreso a Río. Entraba aire por la ventana del autobús y Nádia me avisó cuando pasamos por Cachoeiro de Itapemirim, el pueblo de Roberto Carlos. El conductor paraba cada rato a tomar um cafezinho. Desde la barra de los bares de carretera miraba el autobús y se reía. Los pasajeros se quejaban dentro: "É por isso que o Brasil não vai pra frente!". Río nos recibió con un fortísimo chaparrón nocturno. Nos quedamos dos semanas en Río: sólo en Río, sin salir de Río. Me enamoré de Río. En ningún momento eché de menos Vitória: pero ocho años y medio después comprendo que los días que pasé allí fueron perfectos a su modo. En Brasil se suele responder "amén", en broma, cuando alguien dice que es de Espírito Santo. Esta noche me acuerdo de Vitória, capital del estado de Espírito Santo. Amén.
